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comentario a las lecturas de la misa
domingo iv de adviento (b)

Alégrate, llena de gracia

Un misterio es la revelación del proyecto de Dios, oculto en el silencio de los siglos, y que un buen día Dios nos revela y lo pone a nuestro alcance. Es lo que nos dice San Pablo en la lectura de hoy.

En este domingo Dios nos revela cómo ha realizado este misterio o plan de salvación. Y lo hace aclarando el enigma que el profeta Natán propone a David: No serás tú quien construya a Dios una Casa. Será Él quien se la construya, una dinastía que se perpetuará para siempre.

Hoy el ángel Gabriel pone la primera piedra de la nueva Casa de David no contando con una vástago ilustre del gran rey, sino con una muchacha muy sencilla, que contaba muy poco a los ojos de la gente de Nazaret.

En el Paraíso Dios formó a Eva sacándola del costado de Adán. En la Anunciación Dios se propone formar al nuevo Adán en el seno de una nueva Eva, María de Nazaret, pero contando con su consentimiento. Primero piensa qué significa el saludo del ángel: Alégrate, tú que gozas del favor de Dios. No temas. Dios se complace en ti... Tendrás un hijo a quien llamarás Jesús y que será a la vez Hijo del Altísimo e hijo tuyo. Será el Mesías, descendiente de David. Su trono permanecerá para siempre.

Maria piensa, reflexiona, dialoga. Y luego pronuncia su SÍ. Soy la esclava del Señor. Que se realice lo que tú dices.

En la Biblia, ser esclavo o esclava del Señor es un gran honor. Así se llaman Abrahán y Moisés, Débora y Judit.

María es la nueva Eva, atenta toda su vida a la voluntad de Dios. Es una mujer de pies a cabeza, sencilla y pobre, pero de una gran personalidad. Los antiguos Padres de la Iglesia dicen de ella que con su fe y su obediencia ha deshecho el nudo que Eva hizo con su desobediencia irresponsable. La llaman también «Madre de los vivientes», porque «si Eva nos trajo la muerte, María nos ha traído la vida».

Saludemos a María como el ángel la saludó: Alégrate, tú que gozas del favor de Dios. Dios se complace en ti. Conversemos con Dios y repitamos la respuesta de María: «He aquí la esclava del Señor. Que se cumplan en mí tus palabras».

* * * *

Hoy la mujer anhela participar en las decisiones de la comunidad. Por esto puede contemplar con sorpresa cómo María, entrando en diálogo con Dios, da su consentimiento activo y responsable no a la solución de un problema cualquiera, sino a la «obra de los siglos», que es Encarnación del Verbo. Optando por la virginidad no se cerró a los valores del matrimonio sino que fue una opción valiente para consagrarse totalmente al amor de Dios. No fue una mujer pasivamente remisiva o de religiosidad alienante, antes bien fue mujer que no dudó en proclamar que Dios es defensor de los humildes y de los oprimidos y derriba de sus tronos a los poderosos del mundo. (Pablo VI)

P. Jaume Sidera, cmf
 
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