Hoy las lecturas nos sitúan en dos planos: el plano de la profecía y el plano del cumplimiento que giran en torno a un misterio: la encarnación del Verbo en las entrañas de Santa María. La segunda lectura nos descubre qué es un misterio. No es algo que no se pueda saber ni comprender. Es la revelación de un proyecto de Dios escondido durante siglos y siglos y que un día Él manifiesta. Misterio es pues revelación y lo será en la medida en que sepamos acogerla con el mismo amor con que Dios nos la confía.
David tiene mala conciencia. Era de origen muy pobre y ahora es rey de Israel y vive como tal en un palacio lujoso, mientras que Dios, que le ha acompañado a lo largo de su vida, habita en una tienda de campaña. Esto no puede ser. Llama al profeta Natán: «Pensaba hacer un una casa digna del Señor». -Muy bien, David, muy bien. Al día siguiente el profeta se lo repiensa. Ha hablado movido por su simpatía con el rey. Pero Dios tiene otros proyectos. -No, David, no, no serás tú quien haga la casa del Señor. Será el Señor quien te hará una casa. Primero te dará un hijo inteligente que continuará tu dinastía, una dinastía que se perpetuará ante mí, su trono se mantendrá para siempre.
Hoy vivimos la fase del cumplimiento de esta promesa hecha a David. Pero nadie habría soñado siquiera cómo sería que el templo que Dios construiría. Nada que ver con el construido por Salomón. No será una cosa sino una persona, en concreto una muchacha tan chica sencilla como su pueblo tan insignificante como ella que ni en el mapa figuraba. Quienes lo conocían decían: ¿De Nazaret puede haber cosa buena?
El arcángel Gabriel acababa de anunciar en el templo de Jerusalén el nacimiento de Juan Bautista, el precursor del Mesías. Ahora Gabriel entra en casa de María y la saluda diciendo: Alégrate, llena de gracia. El Señor está contigo. Le cambia el nombre: es la llena de gracia, la agraciada, la favorecida de Dios. El Señor está contigo para realizar grandes maravillas.
María no sale de su asombro ante este saludo. «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Tendrás un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Israel para siempre, y su reino no tendrá fin».
Estas palabras de Gabriel son el eco de las palabras que Sofonías dirigía a Jerusalén anunciándole la venida del Señor. Y se hace eco también de la palabra de Natán a David: Un descendiente suyo será rey para siempre. María pondrá a este hijo, que será grande e hijo del Altísimo, el nombre de Jesús, Dios que nos salva. Los derechos dinásticos le llegarán de parte de su esposo, José, de la casa de David
María dialoga con Dios. María no es una mujer pasiva que se deja llevar por la primera impresión. Se lo piensa serenamente y pide información. Gabriel, lo que dices es muy bello, pero ¿cómo se va a realizar esto si soy virgen, si no convivo con José?
Puede estar tranquila. Tendrá el hijo por una intervención directa de Dios. Por esto el hijo que tendrá será santo, llamado hijo del Altísimo. Porque no hay nada que Dios no pueda hacer cuando se trata de salvar a los hombres.
Gabriel le da una señal: Isabel ya hace seis meses que lleva un hijo en sus entrañas. Ella, que parecía que no podía tener hijos.
El Espíritu Santo cubrirá con su sombra a María como en otro tiempo llenó la tienda sagrada en el desierto y el templo de Salomón el día de su inauguración. Porque ella será a partir de ahora el tabernáculo de Dios, el templo de Dios. En ella Dios se hace Emmanuel, Dios con nosotros.
Para tan alta empresa Dios escoge a una simple mujer, con la que se pueda identificar a cualquier persona humana. Porque cualquier persona humana puede ser templo de Dios y encarnar a Jesús si se deja llenar del Espíritu Santo como María.
María da su consentimiento: FIAT, hágase. Y así empieza a realizarse el proyecto de Dios.
La mujer contemporánea, dice Pablo VI, deseosa de participar con poder de decisión en las elecciones de la comunidad, contemplará con íntima alegría a María que, puesta en diálogo con Dios, da su consentimiento activo y responsable no a la solución de un problema contingente sino a la «obra de los siglos» como se ha llamado justamente a la Encarnación del Verbo.
Este es el máximo nivel a que una mujer puede aspirar, un nivel que está a su alcance si deja que el Espíritu Santo forme en ella a Jesús como lo formó en María. |