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comentario a las lecturas de la misa
domingo iii de adviento (b)

Gaudete

El pasado domingo sentíamos una palabra reconfortante: Consolad, consolad a mi pueblo. Hoy oímos otra no menos consoladora: Alegraos, hermanos, sí, os lo repito, disfrutad. De hecho este domingo se llamaba de «Gaudete», alegraos, gozad, disfrutad, porque así comenzaba lo que hoy llamaríamos canto de entrada. ¡El Señor está cerca!

Y es verdad. Miremos a Jesús en la sinagoga de Nazaret. Se pone a leer y tropieza con estas palabras de Isaías: El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque el Señor me ha ungido, me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres, a vendar los corazones desgarrados, a anunciar a los cautivos la libertad, y a los presos el retorno de la luz, a proclamar el año de gracia del Señor.        

Ya lo ven: el Mesías que esperamos trae una buena nueva: la buena nueva de la libertad, de la luz, del bienestar físico y espiritual. Por esto Isaías invitaba a los israelitas: Vístanse de fiesta como el novio y la novia el día de boda. Todos estamos invitados a ella. Es la alegría del buen año que columbramos cuando vemos los trigos que germinan en estos días de invierno anunciando una primavera radiante.

Juan Bautista es el encargado de anunciar el cumplimiento de esta buena nueva. Es el precursor que anuncia la alegría que traerá el que viene después de él y es más fuerte que él. Se sentiría gozosamente honrado si pudiera desatar y llevar en sus manos las sandalias del carpintero de Nazaret, que era una tarea reservada a los esclavos. Sí, Juan Bautista es un hombre honesto. Se podría aprovechar de la fama que tiene, de la buena fe del pueblo que acude a él en masa a escucharle y a hacerse bautizar.

Cuando las autoridades le preguntan quién es, responde llanamente: No soy el Mesías. Tampoco Elías, el profeta de fuego que debía preceder-lo reconciliando padres e hijos y preparando a todo el mundo para la venida del Señor. Tampoco es el profeta que Dios suscitaría cuando Moisés desapareciera. No, no es nada de eso. ¿Quién es pues? Una Voz, la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor». Llega el gran momento y hay que prepararse.

Él invita a todos a sumergirse en el río Jordán como renovando y actualizando el gran momento que los fugitivos de Egipto lo atravesaron para entrar en la tierra prometida.

Hay que entrar en los tiempos nuevos con alma nueva. Dejarse purificar por el agua y dejarse abrasar por el fuego del Espíritu que lanzaba a Jesús a su misión. Hay que estar alerta, ojo avizor. Porque el más fuerte, el Mesías, que Juan Bautista anuncia, ya está en medio vuestro y no lo conocéis. Viene a renovar el mundo de los hombres y de las cosas desde dentro, sin hacer ruido, desde dentro y desde la cotidianidad. Más adelante, Jesús de Nazaret, Mesías e Hijo de Dios dirá que tenía hambre, tenía sed, iba desnudo... y… El más fuerte anunciado por Juan, pondrá su fuerza en liberar, en iluminar, en dar vida.

Juan Bautista es una lección para la iglesia, para los obispos y presbíteros, teólogos y catequistas. No son el Mesías ni Elías ni el profeta. Son sólo la voz que señala a Jesús presente entre nosotros casi sin darnos cuenta de ello.

¿Cómo seremos capaces de ver entre nosotros el que vive escondido entre nosotros? Haciendo lo que san Pablo decía a los cristianos de Tesalónica: Estad siempre alegres. No os canséis de orar. Sed siempre agradecidos. No sofoquéis el Espíritu. Sed críticos, llevad siempre la criba en la mano para separar el grano de la paja, lo que viene de Dios de lo que son patrañas más o menos vestidas de revelaciones. Quedaos con lo bueno, guardaos de toda sombra de mal.

La vida cristiana no es un haz de obligaciones, sino una vida orientada hacia Dios en la alegría, en la oración, en la acción de gracias.
Que Dios mismo, el Dios de la paz, os haga del todo santos, y guarde totalmente vuestro ser espíritu, vuestra alma y vuestro cuerpo para cuando retorne nuestro Señor Jesucristo. Dios que os llama, es digno de toda confianza, él lo hará así.

Y haremos muy bien si hoy y muchas veces nos unimos a la Virgen en su cántico de alabanza: Magníficat.

Alegraos, el Señor ha obrado maravillas en y por la Virgen María. Dios ha obrado y obra maravillas en ya través de nosotros.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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