¿Recuerdan lo que nos decía Juan el Bautista del más Fuerte que venía detrás él? Hablaba del bieldo de aventar, de grano y paja y del fuego justiciero. El más Fuerte anunciado estaba a punto de irrumpir en la vida de Israel parecía como personaje poderoso y contundente: haría la justicia que nosotros soñamos: rápida e inapelable.
Por su fidelidad a su misión, Juan ya lleva tiempo en la prisión, por haberse plantado contra el tirano de turno. De vez en cuando, le llegan noticias de aquél que él bautizó en el Jordán y anunció como el que tenía que venir. El informe que le llega es decepcionante: Nada de bieldo ni de hacha ni de fuego. El más fuerte predica y se dedica al pueblo sencillo y despreciable, hace milagros, se acompaña de gente poco recomendable, come y bebe como todo el mundo.
¿Eres tú el que tiene que venir o esperamos a otro? La pregunta de los discípulos enviados por Juan es chocante. Y la respuesta de Jesús no lo es menos. Mirad las obras que hago. Los desvalidos oyen como dirigida a ellos la buena nueva: son evangelizados.
Juan ya tuvo bastante: si bien él se identificaba más con Elías, el gran profeta de fuego y de acción, también estaba Isaías que anunciaba de parte de Dios su preferencia por los pobres, los enfermos, los cojos, los ciegos. Es la línea que sigue Jesús.
Cuando los discípulos de Juan se van, Jesús hace el gran elogio de su Maestro: no es una caña agitada por el viento, aunque algo de flexibilidad le faltaba. Tampoco un hombre flojo y endeble, acostumbrado a la vida muelle. Juan es un profeta y más que profeta. El mensajero destinado a preparar el camino del Señor. A anunciarlo ya presente. No ha nacido nadie mayor que él. Pero aun siendo tan grande, el más pequeño y insignificante que haya ido hoy a Misa, es mayor que Juan. Juan anunciaba el futuro, sin haberlo alcanzado. Nosotros gozamos ya de lo que él anunciaba: el Espíritu Santo y la vida nueva.
Pero estamos en camino, un camino largo con días claros y días oscuros, querríamos palpar la acción del Señor. Pero Santiago nos anima, durante el adviento, a la paciencia activa, la del payés que ara y siembra y vela por su campo... sin esperar la cosecha inmediata. La cosecha llegará sin falta, pero hay que esperarla con ilusión y constancia.
Recordemos lo que nos decía san Pablo el domingo pasado: Toda la Biblia ha sido escrita para nuestra instrucción: así, gracias a la constancia y el aliento que dan las Escrituras, podemos mantener firme la esperanza. |