Me pongo al pie de la cruz con María, la Madre de Jesús y con las otras Marías, la mujer de Cleofás y la Magdalena, y con el discípulo amado. No digo nada. Simplemente estoy: miro y contemplo, viendo al Señor crucificado.
Al morir, Jesús nos ha entregado su Espíritu. De su costado abierto mana sangre y agua.
A la luz del Espíritu, muchos cristianos, santos y sabios, han visto en el agua el sacramento del bautismo, y en la sangre, la Eucaristía.
Vieron más todavía: Jesús muerto en la cruz les recordaba a Adán dormido en el paraíso mientras Dios sacaba de su costado a Eva, la madre de la vida. Del nuevo Adán, Jesús, dormido en la cruz, brota la Iglesia. La Iglesia brota del corazón de Cristo. Los sacramentos le dan la vida.
Con qué respeto, con cuánta estima y agradecimiento hemos de mirar esta nuestra comunidad, tan humilde y tan poca cosa en apariencia. Sin embargo en la Iglesia, Jesús nos lo da todo: el Espíritu Santo, los sacramentos,, la Madre de Jesús, ahora Madre también nuestra.
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Releemos la carta a los Hebreos: Jesús es capaz de ser comprensivo y paciente ante nuestras pequeñeces, porque también él está envuelto de debilidad.
Él durante su vida en la tierra, con voz fuerte y muchas lágrimas oró y suplicó a Dios , que tenía poder para librarle de la muerte. A pesar de ser Hijo, por lo que sufrió aprendió a obedecer.
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