Domingo III de Pascua

Cicle: 
B
Temps: 
Pasqua
Domingo, 18 Abril 2021
P. Jaume Sidera Plana, cmf

Mesa y parada

1. Del evangelio de hoy nos podemos quedar con dos ideas: la comensalidad y la lectura de la Biblia. Y veremos que es justamente lo que hacemos cada domingo en la Eucaristía cuando estamos reunidos cada cual con los problemas, o dudas, esperanzas y desesperanzas, especialmente en este tiempo de pandemia.

2. La comensalidad es compartir la misma mesa. A Jesús le encantaba. Compartía la mesa con los fariseos y con los pecadores y publicanos, con Marta y María, con el grupo de discípulos el jueves santo. Y también con los dos de Emaús.

3. Es en torno a la mesa donde Jesús se hace reconocer a los discípulos. No es ningún fantasma. Poco a poco, bocado detrás bocado, –un pescado y ¡un panal de miel!– comprenden quién tienen delante. Soy Yo mismo, en persona. Las marcas de manos y pies y el costado lo demuestran.

4. Y mientras se deja mirar y tocar, Jesús les da a entender que una buena manera de conocerlo de veras, es abrir bien el oído y escuchar qué dice la Biblia, o si queréis, lo que dicen Moisés, los profetas y los salmos. Ellos predicen e iluminan lo que ha ocurrido en estos días se Pascua: el Mesías tenía que sufrir y resucitar. Es un hecho de vida. Las cosas importantes suelen costar sangre, sudor y lágrimas. Para hacer la cumbre hay que seguir el camino empinado. Hay que hacer la experiencia del grano de trigo. Echado en el surco de tierra, llega a ser espiga dorada. Por la cruz se llega a la luz. Per lucem ad crucem, decíamos en latín.

5. Con esta comensalidad y el conocimiento espiritual de la Biblia, los apóstoles y la primitiva comunidad son habilitados para ser testigos –mártires– de lo que han visto y oído de Jesús. Jesús los va formando. Primero les ayuda a superar la incredulidad y las dudas. Luego les abrió la mente para leer y entender la Biblia y a hacer un buen uso de ella como Palabra de Dios. Después, conociendo el corazón de Dios, predicarán la conversión y el perdón. La conversión comporta reconocer que ellos, –autoridades religiosas y pueblo–, sin ser conscientes de ello, condenaron a Jesús a la cruz, a Jesús el santo y el inocente. Prefirieron a Barrabás, el asesino, al autor y promotor que nos abría el camino de la vida. Son llamados a arrepentirse de ello. Pedro y los demás discípulos son testigos convincentes de Jesús.

6. Y los contemporáneos y nosotros eran y somos pecadores. No siempre obramos como se espera de personas amadas de Dios y comprometidas a conocer, amar y seguir a Jesús. También nosotros, más de una vez, hemos preferido a los “barrabases” de turno –ideologías, modas, corrientes deshumanizadoras– y le hemos dado la espalda a Jesús, camino, verdad y vida.

7. Pero Juan, el anciano, con su bondad y con aquella sabiduría del corazón que es un regalo de Dios, nos llena de esperanza: no nos podemos desalentar. Porque Jesús se caracteriza por tres rasgos definidores: 1. Es abogado -Parákletos. En el evangelio, el Paráclito es el Espíritu Santo. Aquí, el abogado o consolador y defensor es el Señor Jesús que ora e intercede por nosotros ante el Padre, que se define como Amor. 2. Es justo: no con la justicia de los fiscales y tribunales supremos, inferiores o subalternos que a menudo sufrimos, sino de una manera que desborda toda medida humana. Su “justicia” se manifiesta y actúa perdonando y haciéndonos amigos suyos y buenos hijos del Padre celestial. Y 3) si faltaba algo, es «Víctima» que ha cargado con las consecuencias de todas las fechorías de la injusticia humana. Ha asumido todas nuestras debilidades. Y se ha identificado con todos los marginados y ninguneados de este mundo. Se ha abrazado a la cruz y la ha convertido en el camino hacia la luz y la plena realización de la persona. En cada Eucaristía nos hace revivir su entrega por nosotros. Nos podemos fiar de Jesús.

8. Quedémonos con las palabras de san Juan: Hijitos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos ante el Padre un abogado, Jesucristo, el justo. Él ha muerto por nuestros pecados. La condición que nos pone es que lo amemos y nos amemos. Si lo amamos y nos amamos, conoceremos de verdad al Padre, que es Amor, al Hijo que es el regalo que el Padre nos ha hecho, y al Espíritu Santo que nos hace participar de la vida de Dios. Mantendremos una relación personal y viva con Dios. Y con amor y por amor cumpliremos lo que Él quiere y espera de nosotros. Lograremos implantar el Reino que cada día pedimos con el Padre nuestro.

9. Y no dejemos de compartir la mesa y la vida con Jesús en cada Eucaristía y pidámosle que nos dé la afición a leer la Biblia y nos abra la inteligencia para comprenderla.

Tipus recurs pastoral: