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presencia del padre claret en lleida
Recuerdos de la famosa misión de 1846: El púlpito del Evangelio de la Catedral.- El canónigo Vallcendrera.- Su casa en la calle Sant Antoni.- Unos zapatos del Padre Claret.
(Estudio monográfico realizado por
el Dr. Joan B. Altisent i Jové, Sacerdote, en 1934)[1]

Lérida fue un campo bastísimo de trabajos apostólicos.

Pertenece a los hijos de Lérida la gloria de haber sido ellos los que cambiaron el nombre de Mosén Claret, con el cual era nombrado amablemente el Siervo de Dios, por el de Padre Claret.

Y es que pocos como ellos pudieron admirar las obras extraordinarias que realizó aquel corazón, tan paternal, durante aquella prolongada y fecundísima misión, que abrió un surco imborrable en la vida cristiana de nuestra ciudad.

Por este motivo «a nadie le parecerá extraño que la gente sencilla, movida por el espíritu del Señor, empezara a llamarlo Padre Claret, en vez del afectuoso Mosén Claret, tal como hasta entonces se le conocía».(2)

Y no sólo es éste el recuerdo que queda en Lérida de la Misión de 1846, otro, y no insignificante, es el púlpito del Evangelio de la Catedral nueva, que a partir del feliz día 25 de febrero último, fecha de la beatificación, ha quedado convertida en relicario monumental claretiano. No en balde fue desde donde el Beato predicó la doctrina de Jesús a nuestros abuelos cristianísimos.

Entre los artistas que acudieron a Lérida para trabajar en la ornamentación interior de la Catedral nueva, se cuenta el notable escultor Juan Adán, natural de Tarazona, y discípulo del maestro de Zaragoza, José Ramírez.

El año 1776, lo encontramos ya en nuestra ciudad, poniéndose a disposición del Obispo Sr. Sánchez Ferragudo y del Cabildo.

A él se confió la construcción y talla de la mayor parte de los retablos de nuestro primer templo, verdaderas obras de arte neoclásico, predominante en aquella época.

Citamos, entre otros, los retablos de las capillas de la Piedad, del Pilar, del Santo Cristo, de la Soledad y de la Immaculada, admirados por artistas nacionales y extranjeros.

Los años durante los cuales realizó sus obras escultóricas en la nueva Sede, son los comprendidos entre el 1777 a 1781.

Por estos días esculpió los dos púlpitos, el del Evangelio y el de la Epístola, que, sin ofrecer nada de particular en cuanto a su forma artística, un autor anónimo de aquel tiempo lo describe de esta manera:

«Se notan también los dos púlpitos con sus alféizares trabajados, muy bien adornados, encima de los cuales se levantan en actitud de predicar San Pedro, en el del Evangelio; y San Pablo, en el de la Epístola; también son obra del señor Adán».(3)

Desde esta cátedra del Espíritu Santo, el P. Claret evangelizó la paz y el bien entre nuestro pueblo. Lo vemos rodeado de una luz celestial y como lo pudieron entender catalanes y aragoneses en su propia lengua, hablando una sola, como consta en los Procesos.

Durante la Misión el P. Claret se alojó en la casa del canónigo Sr. Antoni Vallcendrera Pons. Éste era natural de Manresa y siendo rector de S. Fèlix de Vacarisses fue agraciado con una canonjía diaconal en nuestra Sede por R. Cédula de 3 de julio de 1824. Tomó posesión el 31 siguiente y a la edad de 53 años murió en Barcelona, el 30 de octubre de 1846, poco más de cuatro meses después de haber alojado al Siervo de Dios.

La casa del canónigo Vallcendrera está situada en la calle de Sant Antoni, cerca de la catedral, y actualmente está señala con el número 6.

Para la perpetua memoria de la estancia del Padre Claret en esta casa, el leridano Ignasi Simón Pontí en 1904 hizo colocar en la escalera de la misma, a la altura del tercer piso, una lápida de mármol.

El texto de la inscripción dice así: «En aquesta casa que fou— del Y. Canonge Vallcendrera s’hi hostatjà desde 1 de—maig a mitjans de juny de MDCCCXLVI lo Venerable—Anton M. Claret—qu’enfervoritsá a Lleyda—ab ses predicacions y sos miracles—En piadosa memoria feu posar aquesta lápida—en maig de MCMIV Igansi Simón y Pontí».

El señor Ramon Vidal citado en el artículo anterior, declara en el Proceso Apostólico de Tarragona:

«Lo sé, porque me lo ha explicado la Sra. Teresa Soberá, que servía al canónigo Vallcendrera cuando el Venerable se alojaba durante la Misión que predicó en Lérida. A su habitación le llevaron dos niños que no podían andar, al salir de allí pudieron bajar solos la escalera. Había otros enfermos que pedían al Venerable que saliera a darles la bendición».(4)

El P. Claret ocupaba el segundo piso de la casa. Y explica la señora Teresa Soberá que el canónigo Vallcendrera le había manifestado diversas veces la satisfacción que experimentaba de poder alojar al Siervo de Dios y ella la que sentía al servirlo. Eran muchas las personas que le decían: «Sois afortunados de poder tener este santo en casa».

Finalmente, el Arzobispo Dr. Costa i Fornaguera en la carta, algunos párrafos de la cual ya se han publicado en el capítulo anterior, añade:

«Los ilerdenses lo vieron llegar a pie con un pañuelo en la mano, donde llevaba el Breviario y algún otro libro, y mientras estuvo con ellos no sabían hablar de otra cosa que no fuera de Mosén Claret. Como no llevaba otra ropa que la puesta, le quisieron dar un traje nuevo y no lo quiso admitir. Sólo consiguieron, sin que él se diera cuenta de ello, cambiarle los zapatos viejos que llevaba por unos nuevos, quedándose los viejos una familia de esta ciudad, que todavía los conserva como un tesoro muy preciado...»

Respecto del manto sencillo y pobre con que el Beato cubría su cuerpo, declara el Sr. Ramon Vidal que «Asistiendo a los sermones que predicó el Venerable durante la misión que dio en Lérida, recuerdo que hablando de la virtud de la pobreza dijo: No era suyo el manto que llevaba y que estaría muy contento de poder morir en un hospital».(5) El Señor atendió estos deseos, concediendo al P. Claret morir no en un Hospital, pero sí, al menos en una casa ajena: en el Monasterio de Fontfreda, donde fue recibido por los monjes con afectuosa hospitalidad.

La manera tan original con la cual se pudo verificar el cambio de los zapatos viejos por los nuevos, está explicada detalladamente en un acta autorizada por el Secretario Canciller de la Curia eclesiástica de Lérida Rd. Lic. Josep Subiela, Pbr. con fecha de 17 de julio de 1885, que transcribimos íntegramente en el Apéndice II.

Según este documento, el zapatero de Lérida Sr. Fèlix Mariscal, movido por la santidad que el Rd. Antoni Claret revelaba en todos sus actos, sintió fuertes deseos de tener una prenda usada por él, concibiendo, ya que era zapatero, el plan de cambiarle los zapatos que llevaba por unos nuevos que le haría. Así lo hizo gracias a la sirvienta del canónigo Vallcendrera, en cuya casa se alojaba el Siervo de Dios, Teresa Soberá Mercé. Ésta, cuando le dio los nuevos al Sr. Mariscal, aprovechando la ocasión que el Reverendo Claret estaba descansando, entró silenciosamente en su habitación y, cogiendo de bajo la cama los zapatos viejos, dejó en su lugar los nuevos, y dio los primeros al señor Fèlix Mariscal, que se las llevó a su casa con una ilusión extraordinaria.

Estos zapatos son de cabritilla, muy usados, de forma antigua y molde derecho, hechos con cordón o doble costura con orejas estrechas, atados con una trenza de algodón, cerrados sobre catorce centímetros, con una punta estrecha carrada, tacón de dos tapas y siete clavos en cada uno, unos veintiocho centímetros de largura de suela y de seis de altura el trozo trasero.

En la época del acta notarial, pertenecían a las hermanas Raimunda y Carme Mariscal Estruch, hijas del señor Fèlix. Actualmente son propiedad de la Casa Misión de Lérida y por las circunstancias yo mismo he sido durante una temporada custodio de ellos y de otras reliquias del nuevo beato.

(1)  El P. Claret fue canonizado por Pío XII el 7 de mayo de 1950, fecha posterior del presente escrito.

(2)
Carta del P. Casals, ya citada.

(3)Reseña de la catedral de Lérida, página 34.

(4)Página 64

(5)Proceso Apostólico de Tarragona, pág. 66.

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